Cómo contar la tecnología al paciente y a la familia
Un centro puede tener la sala preparada, el equipo formado y el software en marcha, y aun así encontrarse con que la tecnología se usa menos de lo previsto. Con frecuencia la razón está en algo anterior a la primera sesión: en cómo se le explicó al paciente y a quien le acompaña qué es eso que van a usar, para qué sirve y qué va a pasar con lo que registra. Este artículo reúne lo que la investigación reciente dice sobre lo que pacientes y familias esperan y temen de la rehabilitación con tecnología, las preguntas que hacen con más frecuencia y qué información les ayuda a decidir con confianza. Está pensado para quien organiza la comunicación del centro, desde la web hasta la primera visita.
Por el equipo de Rehametrics · Lectura de 10 min · Actualizado en 2026
La primera explicación pesa más que la primera sesión
La mayoría de las personas que llegan a un servicio de rehabilitación no han oído hablar de captura de movimiento ni han tenido unas gafas de realidad virtual en las manos. Lo que saben de esas palabras viene de la televisión, de los videojuegos de sus nietos o de nada en absoluto. Con esa información forman una idea en los primeros minutos, y esa idea condiciona cómo entran en la sala: con curiosidad, con recelo o con la sensación de que les van a hacer jugar en lugar de tratarles.
Lo mismo ocurre con la familia. El hijo que acompaña a su madre a la consulta, el cónyuge que la acompaña a cada sesión, la hija que paga el tratamiento, forman su opinión con la misma rapidez y la expresan después, en el coche o en la cena, con más peso del que suele tener el terapeuta. Un centro que ha pensado cómo contar la tecnología a estas personas, y no solo a los pacientes, se ahorra buena parte de las resistencias que aparecen en las primeras semanas.
Este blog ya trató por qué algunos pacientes aceptan una actividad digital y otros la rechazan desde el primer minuto, desde el punto de vista del profesional en la sesión. Aquí el ángulo es el del centro: qué se dice antes, a quién y por qué canales.
Qué esperan y qué temen, según la investigación
En los últimos años se ha publicado bastante investigación cualitativa que pregunta directamente a pacientes y cuidadores qué piensan de la rehabilitación con tecnología. Sus resultados son útiles para quien tiene que explicarla, porque muestran qué preocupa de verdad y qué se da por supuesto sin serlo.
Una metasíntesis publicada en 2025 en Journal of NeuroEngineering and Rehabilitation reunió catorce estudios cualitativos con 133 personas que habían hecho rehabilitación con realidad virtual tras un ictus. Las experiencias se agrupan en cuatro temas: los beneficios que las personas perciben en sí mismas, físicos y anímicos; lo que facilita el uso, sobre todo sentirse implicado y contar con un entorno que apoya; lo que lo dificulta, que combina limitaciones técnicas con limitaciones personales; y las expectativas sobre cómo debería ser la tecnología. Los autores concluyen que el resultado depende tanto de la persona como del sistema, y que la personalización y el acompañamiento son lo que marca la diferencia.
Sobre la edad, que es la objeción más frecuente en las familias, una revisión sistemática con metaanálisis de 2023 en Sensors analizó 54 estudios con 1.853 personas mayores de 60 años que usaron tecnologías inmersivas para hacer ejercicio. La mayoría describió la experiencia como agradable y manifestó el deseo de repetirla; el aumento de los síntomas de mareo medido con el cuestionario estándar fue pequeño en personas sanas y moderado en quienes tenían una enfermedad neurológica, lo que los autores interpretan como señal de viabilidad en esta población.
Un estudio cualitativo publicado en 2026 en Journal of Medical Internet Research entrevistó a 21 supervivientes de ictus sobre lo que echaban en falta en su rehabilitación y lo que esperarían de la realidad virtual. Las actitudes fueron variadas: algunos la veían como una herramienta cómoda y otros no sentían ninguna necesidad de tecnología. Lo interesante para quien comunica es la lista de lo que pedían: que la familia pudiera participar, poder ver sus propios datos de rehabilitación, continuidad del tratamiento, seguridad y asistencia técnica. Son, casi punto por punto, las cosas que conviene explicar en la primera conversación.
Y sobre la familia en concreto, un estudio con grupos focales publicado en 2024 en JMIR mHealth and uHealth, que incluyó a pacientes neurológicos, a sus cuidadores y a profesionales, encontró una preferencia clara por un modelo híbrido, con sesiones presenciales al principio y apoyo tecnológico después, y subrayó que los cuidadores influyen de forma decisiva en que la tecnología se adopte o se abandone, a pesar de lo cual su opinión rara vez se pregunta. El contexto del estudio es distinto del español, pero ese hallazgo se repite en la experiencia de la mayoría de los centros.
Las preguntas que hacen pacientes y familias
Las preguntas se repiten de un centro a otro, y tener pensada la respuesta evita improvisar en la primera visita. Cada equipo las responderá con su estilo; lo que sigue es el fondo de cada una.
"¿Esto es un juego?" Es la primera y la que más importa, porque detrás hay un temor: que el tratamiento sea menos serio. La respuesta es la que es: los ejercicios tienen forma de actividad para que resulten más llevaderos y para que la persona repita más veces el movimiento o la tarea, y detrás de cada uno hay un objetivo terapéutico que el profesional ha elegido para ella. Que el software sea un producto sanitario, y no un videojuego, es un argumento que las familias entienden y agradecen.
"¿Sustituye al terapeuta?" No, y conviene decirlo pronto y sin rodeos. El profesional sigue en la sala, decide qué se trabaja y ajusta la sesión; la tecnología le da herramientas y datos. Esta respuesta tranquiliza al paciente y, sobre todo, a la familia, que a menudo teme que la tecnología sea una forma de atender a más gente con menos personal.
"¿Sirve a mi edad?" La investigación citada arriba responde que sí en la mayoría de los casos, y la experiencia de residencias y centros de día lo confirma. Ayuda explicar que no hace falta saber usar ordenadores: en la captura de movimiento la persona no toca nada, y en las gafas y la tablet el profesional configura todo.
"¿Me voy a marear?" La pregunta aparece con las gafas. La respuesta es que puede ocurrir en algunas personas, que las primeras sesiones son cortas y sentadas, que la realidad mixta permite ver la sala real y que el terapeuta está al lado y la sesión se interrumpe en cuanto la persona lo pide.
"¿Qué pasa con mis datos?" Cada vez más frecuente, y más entre familiares que entre pacientes. Lo que la persona necesita saber es qué se registra, para qué, quién lo ve y dónde se guarda. Que los datos sirvan para hacer su informe y seguir su evolución, y no para otra cosa, es la respuesta que esperan.
"¿Ahora todo va a ser con la pantalla?" Muchos pacientes, y más los que llevan tiempo en tratamiento, temen que la tecnología sustituya lo que ya conocen: las manos del fisioterapeuta, los ejercicios de siempre, el rato de conversación con la logopeda. La respuesta más tranquilizadora es la real: la tecnología se añade a la sesión, no la sustituye. El profesional decide en qué momentos y para qué la usa, con quién sí y con quién no, y la combina con el resto del tratamiento; una sesión con tecnología sigue teniendo camilla, ejercicio convencional y terapeuta.
El informe como herramienta de conversación
Una de las diferencias más visibles entre la rehabilitación con tecnología y la convencional es que la primera deja un registro de cada sesión: cuántas repeticiones, qué rango de movimiento, cuántos aciertos, cuánto tiempo de respuesta, qué nivel de dificultad. Ese registro se convierte en un informe que el centro puede enseñar y entregar, y que cambia la conversación con el paciente y la familia.
Cambia, primero, para el propio paciente: cada actividad tiene un objetivo concreto y un resultado visible al terminar, de modo que entiende para qué ha servido la sesión sin tener que preguntarlo. Y cambia porque la pregunta "¿cómo va?" deja de responderse solo con una impresión y pasa a responderse con una gráfica que la persona puede mirar: el rango de hombro de hace tres semanas y el de hoy, los errores en una tarea de atención al principio y ahora. Para muchos pacientes es la primera vez que ven su progreso en lugar de oírlo, y en fases en las que la mejoría es lenta, como la rehabilitación crónica, esa evidencia pequeña y concreta sostiene la motivación mejor que cualquier frase de ánimo. Para la familia, el informe responde a la pregunta que de verdad se hacen, si el tratamiento está sirviendo de algo, con datos que pueden guardar y enseñar al médico que deriva.
El informe también sirve para ajustar expectativas. Ayuda explicar desde el principio que los ejercicios están pensados para ser exigentes pero alcanzables, que la dificultad sube cuando la persona mejora y que por eso la sensación de esfuerzo no desaparece aunque los datos vayan a mejor. Cuando el progreso se estanca, el dato lo muestra antes y con menos carga emocional que una conversación difícil, y permite al profesional explicar por qué y qué se va a cambiar. Y pone en su sitio lo que la tecnología mide y lo que no: el informe recoge el rendimiento en las tareas; la valoración clínica global sigue siendo del profesional, y decirlo evita que alguien confunda una gráfica con un alta.
El papel de la familia
La familia aparece en tres momentos, y en cada uno necesita una información distinta. En la primera visita, el acompañante quiere entender qué es la tecnología y por qué se va a usar con su familiar, y es el momento de las respuestas de los apartados anteriores. Durante el tratamiento, muchos acompañantes quieren ver la sesión, y aquí la tecnología ayuda: en la captura de movimiento la pantalla está a la vista, y en las gafas la pantalla espejo permite al familiar ver lo mismo que el paciente, lo que convierte una caja negra en algo comprensible y, con frecuencia, en motivo de conversación en casa. Y entre sesiones, el familiar es quien escucha cómo le ha ido a la persona, quien la anima a volver y quien detecta si algo la ha incomodado, de modo que agradece una explicación propia, breve y práctica, y un canal para preguntar.
Los estudios citados coinciden en que la familia es decisiva en la adopción y en que su opinión se pregunta poco. Un centro que la incluye desde el principio, aunque sea con cinco minutos y una hoja, gana un aliado en lugar de un escéptico.
Qué conviene dejar por escrito
Buena parte de lo anterior se dice de palabra, pero tres cosas merecen estar escritas, porque las familias las vuelven a leer en casa y porque protegen al centro. La primera es una explicación sencilla de qué tecnología se usa, para qué y quién la supervisa, que puede vivir en la web del centro, en un folleto de sala de espera o en la documentación de acogida. Un párrafo claro evita muchas preguntas repetidas y da al familiar que no estaba en la visita la misma información que al que sí estaba.
La segunda, la información sobre datos. La rehabilitación con tecnología genera datos de salud, y el paciente tiene derecho a saber qué se recoge, con qué finalidad, quién accede, dónde se aloja y durante cuánto tiempo. Esa información suele integrarse en el consentimiento y la política de privacidad que el centro ya tiene, con la ayuda de su delegado de protección de datos; el proveedor del software debe facilitar al centro lo que necesita para redactarla.
La tercera, cuando se usan gafas de realidad virtual, la información sobre su uso: qué sensaciones pueden aparecer, que la sesión se interrumpe a petición de la persona, cómo se limpian entre pacientes. Algunos centros la incorporan al consentimiento informado general y otros la entregan como hoja aparte. El contenido concreto lo decide cada centro con su equipo clínico y, si lo tiene, con su comité de calidad.
Cómo lo facilita Rehametrics
Varias características de la plataforma están pensadas para que explicar la tecnología sea más fácil. Los tres módulos son producto sanitario con marcado CE, lo que responde a la primera pregunta de muchas familias. En Rehametrics Físico, la persona no lleva nada puesto y la pantalla está a la vista de quien acompaña. En Rehametrics VR, el terapeuta controla la sesión desde un ordenador externo cuya pantalla espejo muestra lo que ve el paciente, de modo que el familiar puede seguirla, y la realidad mixta permite empezar con la sala visible a través del visor. En Rehametrics Cognitivo, los ejercicios se hacen en tablet o pizarra digital, con el profesional ajustando los parámetros.
Los tres módulos registran cada sesión, rango articular, repeticiones, velocidad y equilibrio en el físico, aciertos, errores, tiempo de respuesta y nivel en el cognitivo, y generan informes de evolución que el centro puede entregar al paciente y a la familia. En la puesta en marcha, el equipo de Rehametrics facilita al centro la información sobre el producto y el tratamiento de datos que necesita para su documentación de acogida y sus consentimientos.
Pantalla espejo para que la familia vea la sesión
Más de 70 actividades en Meta Quest, con realidad mixta para las primeras sesiones y control desde el ordenador del terapeuta.
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La evolución, en una hoja que se puede entregar
Cada sesión queda registrada y el informe se genera al terminar, listo para el paciente, la familia o el médico que deriva.
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En tablet o en pizarra, con el profesional al lado
Más de 190 ejercicios con la dificultad ajustada a cada persona y registro de cada respuesta.
Ver módulo →Preguntas frecuentes
¿Qué es lo primero que hay que explicar a un paciente?
Que los ejercicios tienen forma de actividad para que se repitan más y mejor, que detrás de cada uno hay un objetivo que el profesional ha elegido para él, y que el terapeuta sigue en la sala decidiendo y ajustando. Con eso se responde a las dos dudas más frecuentes, si es un juego y si sustituye al terapeuta.
¿Las personas mayores aceptan la realidad virtual?
La revisión de 2023 con 1.853 mayores de 60 años encontró que la mayoría describía la experiencia como agradable y quería repetirla, con síntomas de mareo pequeños en personas sanas y moderados en quienes tenían una enfermedad neurológica. La experiencia en residencias y centros de día va en la misma línea; la aceptación depende más de cómo se presenta y se acompaña que de la edad.
¿Qué quieren saber las familias?
Si el tratamiento es serio, si va a seguir habiendo un terapeuta, si está sirviendo de algo y qué pasa con los datos. El informe de evolución responde a la tercera con datos, y la información escrita sobre producto y datos responde a la cuarta.
¿Puede el familiar ver la sesión con gafas?
Sí, cuando el sistema tiene pantalla espejo: el ordenador del terapeuta muestra lo que ve el paciente y el acompañante puede seguirlo. Es una de las formas más sencillas de que la familia entienda qué se está trabajando.
¿La tecnología sustituye a la terapia de siempre?
No; se añade a la sesión. El profesional decide en qué momentos la usa y con quién, y la combina con el ejercicio convencional, el trabajo manual y el resto del tratamiento. Decirlo pronto tranquiliza a quien teme perder lo que ya conoce.
¿Qué debería estar por escrito?
Una explicación breve de qué tecnología se usa y quién la supervisa, la información sobre qué datos se recogen y cómo se tratan, y, si se usan gafas, la información sobre su uso. El contenido concreto lo fija cada centro con su delegado de protección de datos y su equipo clínico.
¿Quieres material para explicarlo en tu centro?
Te enseñamos cómo otros centros presentan la tecnología a pacientes y familias, qué ponen en su web y en su documentación de acogida, y te facilitamos la información de producto y de datos que necesitas para la tuya.